Cuando escribimos, todos podemos tropezar en la errata. Incluso si somos extremadamente pulcros, incluso si revisamos nuestro texto una y otra vez, incluso si pasamos el corrector del Word, hay erratas que permanecen, recalcitrantes, inasequibles al desaliento, impermeables al escrutinio. Incluso el título de este artículo contiene una errata (deliberada, bueno) que puede haber pasado desapercibida para muchos.
Pero las erratas, sobre todo, pasan desapercibidas para uno mismo. Nuestra mente, habituada a leer lo que ya hemos escrito, desarrolla una suerte de ceguera selectiva al error. Como el que, por rutina, se acaba acostumbrando a la nariz aguileña o la mancha de nacimiento del amante. Como el que deja de ser consciente de lo charlatán que es.
Con todo, hay erratas y erratas. E incluso, en ocasiones, se concentran tal cantidad de erratas que uno se pregunta entonces si el escritor y el editor son algo así como amantes de lo feo y lo incorrecto. Es el caso de la edición del 15 de marzo de 1978 del periódico de The Times, que ostenta el récord de mayor cantidad de erratas. Nada menos que 78. El artículo empezaba así (permitiéndonos cierta licencia al traducir):
La acción de sir Harold Wilson para hacer pública una oss y sigue a hacer una emisión con con el govierno y exigencia de pagos igualitairos.
Hasta mi corrector automático de Word ha echado humo. He tenido que desactivarlo, de hecho, para que la transcripción apareciera tan fea como lo fue en su momento, cuando el Word no existía.
En la misma línea, también tenemos constancia de la fe de erratas más larga de la historie (historia, perdón). Se incorporó a un libro titulado La historia de los pubs de Cornualles. Alcanzó gran popularidad en 1978 (año de erratas por antonomasia, al parecer… y también, horror, año de mi nacimiento) gracias a su espectacular fe de erratas. Todo un canto al error autoconsciente.
En una revisión de 70 páginas había 140 correcciones. Las mejores las indica Stephen Pile en El libro de los fracasos heroicos:
Página 3, línea 1: donde pone “interés” léase “desinterés”.
Página 8, línea 54: donde pone “White Hart” léase “White Horse”.
Página 13, línea 49: donde pone “mayor” léase “menor”.
Página 32, línea 19: donde pone “prados” léase “pardos”.
Página 33, línea 44: donde pone “Ovispo y Lana” léase “Avispa y Pana”.
Página 73: Eliminar el barco de la línea 5 de techos ornamentados. En la línea 6, donde dice “Batallick” léase “Botallack”. En la línea 2 de panelados, donde pone “bosliwick” léase “Boslowick”.
Una errata incluso puede ser profundamente blasfema, como sucedió en varias ediciones de la Biblia King James, donde se lee: “Y también hubo otros dos malhechores [crucificados junto a Jesús]” debería haber sido “Y también hubo otros dos, malhechores” para no incluir a Jesús en ese distinguido grupo.
Así es la errata. Omnipresente e insidiosa. Capaz de invadir nuestro sistema inmunitario como un virus locuelo. Historie.
Me ha tocado ver errores en varios libros contemporáneos. Lo más probable es que el error sea de los editores.
Como erratas "interesantes" me vienen dos a la cabeza en este momento. Una, en una enciclopedia de cuyo nombre no quiero etcétera, que titulaba el ya de por sí peliagudo soneto de Gerardo Diego El ciprés de Silos ("Enhiesto surtidor de sombra y sueño que acongojas el cielo con tu lanza. Chorro que a las estrellas casi alcanza devanado a sí mismo en loco empeño...), "El exprés de Silos"; y otra en un diccionario castellano-gallego, donde la acepción "cavernícola" se explicaba como "habitante de las tabernas". A fin de cuentas, las erratas son un toque de humanidad ;)
Es cierto eso que dices de la ceguera selectiva. A mí ha llegado a pasarme, tanto, que incluso después de corregir 3, 4 veces un texto, he pasado por alto alguna errata. Hasta que por fin te das cuenta y te dices a ti mismo: "Pero cómo se me ha podido pasar esto..." En fin, tal y como dice Asuntos Imaxinarios, son un toque de humanidad.
Un saludo.
Es como decía Homero Simpson, es culpa de los dedos chatos.
He encontrado varias erratas en libros, pero las más dolorosas eran las innumerables erratas que había en un libro de Cálculo Infinitesimal que se usaba en Ingeniería, y que provocaba que los primeros minutos de la clase se dedicaban a desentrañarlas, porque hacían que los problemas estuvieran mal resueltos.
De todas maneras la mejor que he visto en mi vida era en la sección de anuncios de un periódico que ponía "Señofroce cuidarñenformos y oncionos" que, corregida al día siguiente decía, "Se ofrece cuidar enfermos y ancianos". Se conoce que el linotipista o equivalente estaba mirando para otro lado.
Un profesor de mi universidad había encontrado un error en varios estudiantes, hecho por el corrector automático de Word, al estar cambiado el nombre "Menelao", por "Menéalo" en el tradicional ensayo en torno a La Odisea en el primer semestre de la carrera de Letras, en mi querida Universidad Central de Venezuela. Por eso procuro leer en voz alta lo que escribo en el procesador de palabras. Luego, imprimo el escrito y corrijo con bolígrafo lo erróneo.